Hay fechas que una sociedad lleva grabadas en su memoria colectiva. El 25 de Mayo de 1810 es, para los argentinos, mucho más que un feriado nacional. Es el punto de partida de un proceso que cambió para siempre la historia del país y de toda la región. Sin embargo, detrás de los actos escolares y los tamales, hay una historia más compleja, más humana y más apasionante de lo que solemos recordar.
Hoy queremos contarla.
Para entender lo que pasó aquel 25 de Mayo, hay que mirar el mundo de 1810 con otros ojos. Europa estaba convulsionada. Napoleón Bonaparte había invadido la Península Ibérica en 1808 y forzado la abdicación del rey Fernando VII de España. En su lugar, colocó a su hermano José Bonaparte en el trono.
Esa crisis de legitimidad del poder español sacudió hasta los cimientos a todos los territorios del Imperio. En América, las élites criollas —nacidos en suelo americano pero de origen español— llevaban años acumulando tensiones: pagaban impuestos, pero tenían escasa representación política. Comerciaban con restricciones arbitrarias. Y ahora, la metrópoli que los gobernaba estaba, literalmente, ocupada por un ejército extranjero.
La pregunta que empezó a circular en los salones, los cafés y las calles del Virreinato del Río de la Plata era tan simple como explosiva: ¿A quién le debemos obediencia si el rey ya no gobierna?
La capital del Virreinato del Río de la Plata era una ciudad de unos 40.000 habitantes. Nada que ver con la metrópolis de hoy, pero ya era un centro político y comercial de peso en Sudamérica.
La noticia de la caída de la Junta Central de Sevilla —el último organismo de gobierno legítimo que quedaba en España— llegó al puerto de Buenos Aires a mediados de mayo. Fue la chispa que encendió todo.
Un grupo de criollos, liderados por figuras como Manuel Belgrano, Juan José Castelli y Cornelio Saavedra, exigió al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros la convocatoria de un Cabildo Abierto. Este tipo de asamblea era excepcional: convocaba a los vecinos principales de la ciudad para tomar decisiones en situaciones de crisis.
El 22 de mayo se reunió ese Cabildo Abierto. La discusión fue intensa. ¿Debía el virrey seguir gobernando? ¿En nombre de quién? El debate se zanjó con una idea que, aunque parecía técnica, era en realidad revolucionaria: la soberanía debía retrovertir al pueblo.
Los días 23 y 24 fueron de negociaciones, presiones y maniobras políticas. El virrey Cisneros intentó mantenerse en el poder integrándose a una junta de gobierno, pero la presión popular —concentrada en la Plaza Mayor, hoy Plaza de Mayo, bajo una llovizna persistente— fue determinante.
Finalmente, la tarde del 25 de Mayo de 1810, el Cabildo comunicó la conformación de la Primera Junta de Gobierno: el primer gobierno patrio del Río de la Plata, presidido por Cornelio Saavedra.
Vale aclarar algo importante: ese día no se declaró la independencia de Argentina. Eso ocurriría seis años después, el 9 de Julio de 1816. La Primera Junta gobernó formalmente "en nombre del rey Fernando VII", como era costumbre de la época para dar legitimidad al nuevo orden. Sin embargo, todos —gobernantes y gobernados— sabían que algo fundamental había cambiado. El poder ya no venía de España. Venía, por primera vez, del suelo americano.
La Revolución de Mayo no fue obra de un solo hombre ni de un día. Fue el resultado de años de ideas, tensiones y organización. Pero hay nombres que la historia recuerda con especial peso:
Cornelio Saavedra, presidente de la Primera Junta, representaba a los sectores más moderados del movimiento. Prefería cambios graduales antes que rupturas abruptas.
Mariano Moreno, secretario de la Junta y figura más radical, fue el gran ideólogo del proceso. Tradujo al español el Contrato Social de Rousseau y defendió con pasión la soberanía popular. Su vida fue breve —murió en 1811, en altamar— pero su influencia fue enorme.
Manuel Belgrano, vocal de la Junta, sería más tarde el creador de la Bandera Nacional. En mayo de 1810 era ya un intelectual formado en Europa, con ideas económicas y políticas adelantadas a su tiempo.
Juan José Castelli, primo de Belgrano y uno de los grandes oradores del movimiento, fue el encargado de convencer al Cabildo en las jornadas decisivas.
Todos ellos eran conscientes de que estaban protagonizando algo histórico. No sabían exactamente hacia dónde iba, pero sabían que no había vuelta atrás.
Más de dos siglos después, el 25 de Mayo sigue siendo una fecha viva en la cultura argentina. No solo por lo que ocurrió ese día, sino por lo que representó: la decisión colectiva de un pueblo de hacerse responsable de su propio destino.
Es el comienzo de un proceso largo, contradictorio y apasionante que desembocó en la independencia, en la construcción de un Estado nacional y, con el tiempo, en la Argentina de hoy.
Recordar esa historia no es un ejercicio nostálgico. Es entender de dónde venimos para saber mejor hacia dónde vamos.
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